A Luis, con admiración.

Tras unos días en la apacible Ledbury, antigua ciudad-mercado de callejas medievales, abandono el silencio y la compañía amistosa para sumergirme en el bullicio multicultural de Londres. Antes de recorrer las grandes cadenas, me apresto a peregrinar por Charing Cross. No existe ya la librería que Helene Hanff narra epistolarmente con deliciosa ironía; en su lugar disuena un pub. A pesar de todo, persiste ese oasis cultural de las librerías de segunda mano: Quinto ha recibido a este humilde y callado creyente con los brazos abiertos: el clásico Sex, politics and society. The regulation of sexuality since 1800 de Jeffrey Weeks, objeto de lúbricas ensoñaciones bibliófilas, me ha sido canjeado por la módica suma de 6 libras. En arduo y todavía culposo ejercicio de contención, he dejado escapar una correspondencia amorosa de Virginia Woolf con la aristócrata encelada Vita Sackville-West. En Any Amount di con Surprised by Joy, la autobiografía de C.S. Lewis. Por Julián Marías algo supe de él antes de la película Tierras de penumbra; leí entonces Una pena en observación, el relato de cómo reaccionó a la muerte de su esposa, y me dejó con la miel en los labios. En fin, son tantas las alegrías y sorpresas que esta libérrima tarde libresca me depara que, puestos a subrayar algo, me extraña que no haya sucedido antes. Hubo pequeños vislumbres lejanos, pero siempre tutelados; hoy estoy a mi aire, solo y feliz.
Visito ese templo de la cultura que es Foyles, donde hace la friolera de 30 años “se podía fumar en su interior y compartir el fumeque con el dependiente mientras te asesoraba con pachorra británica en la elección de aquellas publicaciones de Ruedo Ibérico, Losada y similares“. Qué tiempos aquellos del antifranquismo y la creencia en la cultura como salvación del hombre. Ahora, ya no en sus horas altas, con dependientes que a lo mejor se encontraban más a gusto en un supermercado, el interior sigue siendo impresionante: son tres plantas, con libros y libros sobre las más recónditas materias en baldas que se alargan sin compasión para las rodillas y sufrida espalda del anémico visitante de la madre patria que publica libros de Dinio o cualquier otra putilla o chusquero, pero no encuentra espacio editorial para una historia de Japón de 900 páginas, por mencionar uno de los tochos que han pasado por mis manos con el fervor con que los creyentes acarician los pies de Buda, o Jesús, o el que sea. Así como en otros centros de venta de libros (cuando no CDs, tazas, pósters, etc.), hay que remirar en las baldas de Sociology, Women’s Studies, Gender Studies, Gay and Lesbian, etc., en Foyles no tienen el pudor de llamar a las cosas por su nombre y en Sexuality encuentro Ethical slut y The spinster and her enemies. El primero reivindica un sexo libre fuera de la pareja, sin culpas y con ética; el segundo, es un análisis feminista radical de la ideología relativa a la sexualidad entre 1880 y 1930, tanto en las feministas de la época como en los sexólogos de la primera generación.
Pruebo suerte en Waterstones, la mayor librería de Europa, y salgo más bien decepcionado. Me recuerda a la Casa del Libro: mucho espacio, poca selección. De vez en cuando, alguna sorpresa como la Enciclopedia Internacional de Sexualidad, y poco más. Tienen una sección que llaman Sex y junto a la miríada de manuales sobre cómo follar más y mejor, encuentro, desubicado, Married Love de Marie Stopes, la feminista británica de comienzos de siglo. En general, falta eso que se percibe nada más entrar en una librería de verdad como Antonio Machado: criterio.
Peor si cabe fue la experiencia de Borders. Para entendernos rápidamente: es como Crisol. No tienen un libro decente; se dedican a vender mercancías rentables, no objetos culturales. Baste decir que no pude ver la tercera planta, supuestamente dedicada a ciencias sociales (antropología, psicología, filosofía, etc.), porque justo en ese momento firmaba ejemplares de su autobiografía… David Hasselhoff; sí, el de El coche fantástico y Vigilantes de la playa.
En tiempos de internet, con librerías virtuales como Amazon e Iberlibro, puede pensarse que las librerías están condenadas a desaparecer. Es un espejismo. Los consejos de un librero de verdad, los descubrimientos azarosos que depara un vistazo somero a todas las estanterías (¿qué hacen unos estudios dialectales de Manuel Alvar ahí?), esa pelirroja pálida que se afana por colocar las nuevas adquisiciones…
Tengo que volver.





