Tras un año agotador por el trabajo y la formación de posgrado en recursos humanos pro pane lucrando, avizoré un verano libérrimo, consagrado por fin a la lectura sexológica: Masters y Johnson sobre todo, pero también picoteos en Brecher, Money y el inabarcable Havelock Ellis. Quedó pendiente, entre tantas opciones, un proyecto de
relectura de Julián Marías. Empecé a leerle hará unos doce años (al alimón con Laín Entralgo) y tuvo un efecto balsámico de orientación existencial en tiempos recios. Lo traigo a colación porque veo que muchas de las cosas que apuntaba se retoman en el máster y me gustaría repensar sus propuestas. (Qué atrevimiento el suyo, frente al bobo igualitarismo, dedicar un capítulo a la felicidad masculina y otro a la femenina.)

Un poco antes, por seguir con la clave biográfica, mientras estudiaba el COU en Estados Unidos, leí con avidez Men are from Mars, women are from Venus de John Gray. Zambullido en una relación incomprensible con una francesa, y enamorado al tiempo de otra chica que no me hacía mucho caso, encontré en la sencillez americanota de Martes y Venus multitud de claves que no solo me facilitaron el trato con el otro sexo sino que me permitieron entenderme mejor. Una lectura interesada me llevó a ver, más que compartimentos estancos, formas distintas de acercarse a la realidad. Digo interesada porque detecté varios patrones femeninos en mí, entremezclados con otros característicamente masculinos. No me importaba si tenía más de uno u otro tipo. Lo esencial era haber descubierto que existían básicamente esos dos modos, y cada cual tenía su peculiar mezcla (eso que Hirschfeld llamaba intersexualidad, aunque por entonces no lo sabía).
La llegada a la universidad y el contacto con el feminismo en su vertiente igualitaria fomentó la autocensura en lo referente a las diferencias entre sexos, como bien señala Felicidad Martínez Sola en ¿Qué es ser mujer? (Revista española de sexología, nº 90, 1998). En mi caso, el punto culminante de salida del armario en la reivindicación de las diferencias entre sexos fue el inicio de la convivencia con mi actual pareja. Cuando los velos sociales caen y uno se desliza a su auténtico ser, las diferencias se van perfilando…
Valgan estos párrafos como contexto de recepción de la primera sesión de este segundo año del máster de sexología.
En lo tocante a las propuestas de Felicidad Martínez, me gustaría destacar dos aspectos. En lo positivo, es agradable entrar en un discurso cuyo campo semántico rehuye lo patológico, lo normal y lo sano para adentrarse en el refocile, el solazamiento, la seducción y el deseo. Desde luego: o empezamos a cambiar el lenguaje y con él los conceptos y las vivencias, o al final acabamos en el círculo vicioso de siempre. Es agradable ese camino que se abre en lo que supone de cambio de perspectiva, de posibilidad no entrevista, de oportunidad. Sí, pero luego hay que echar a andar. Y a veces –este es el aspecto negativo que resaltaría- no parece que se haya caminado mucho. O se nos han ocultado las agujetas.
Me explico. Se nos dice que la unidad terapéutica es la pareja y la clave de intervención el deseo. ¿Y aquellos que no tengan pareja o no la quieran? ¿Los borramos de nuestro campo de acción? Yendo más al centro de la cuestión, parece suponerse que nuestros deseos, amordazados por convenciones sociales, son la llave de la felicidad. Basta despojarse de esos convencionalismos para que nuestra vida sea guiada de forma razonable y feliz por la aceptación de los deseos propios. ¿Y el conflicto entre deseos incompatibles? ¿Y los deseos irrealizables? ¿Y los deseos perjudiciales para uno mismo? ¿Uno elige, fomenta y gestiona sus deseos o los acepta sin más? Esa gestión de los deseos, ¿es suficiente para estar bien con uno mismo? En fin, es tela que habrá que ir cortando.
La sesión con Marcos Sanz abordó la relación entre la antropología y la sexualidad. Plantea que, respecto a la sexualidad, la mirada antropológica ha sido dual:
1) Ha constatado que hay sexualidades distintas en otras culturas. Esa ojeada a otras sociedades es interesante porque aclara nuestro prejuicio etnocéntrico. Cuando Malinowski estudia a los trobiandeses descubre que para ellos el sexo es un valor; no está reprimido. De ahí esa distinción que establece entre culturas sexofílicas y sexofóbicas. Y es que cada cultura construye de manera distinta su normalidad. El hallazgo que para la mirada occidental supone la publicación en 1929 de La vida sexual de los salvajes (con prólogo de Havelock Ellis, y prefacio de Gregorio Marañón en la edición española) lo convertirá en el libro de referencia que inaugura la antropología de la sexualidad.
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Otros hitos de la antropología de la sexualidad son Sexo y temperamento en las sociedades primitivas (1932) de Margaret Mead y Las estructuras elementales del parentesco (1949) de Levi-Strauss. L-S señala que la sexualidad consiste en el intercambio (de cuerpos, placeres), y que si vivimos en cultura es porque ese intercambio es restrictivo. De hecho, la primera restricción fundante, lo que marca el pasaje de la naturaleza a la cultura, es el incesto.
La relación entre naturaleza y cultura es dialéctica, y por tanto varía cómo se construye la normalidad y qué diversidad se tolera.
En 1969 Simon y Gagnon publicaron en Desviación sexual una escala de anomalías. Consideran que hay tres tipos:
· Anomalía “normal”: Dentro de un modelo reproductivo, en otro tiempo eran anomalías pero se han normalizado. P. ej., la masturbación, las relaciones sexuales prematrimoniales y los contactos bucogenitales.
· Anomalía subcultural: Son conductas anómalas que una subcultura legitima. No son conductas que se expandan; están recluidas en un gueto. P. ej., la prostitución, la homosexualidad, el sexo en grupo, el intercambio de parejas.
· Anomalía patológica: Se da aquí una psiquiatrización de lo perverso (Foucault). No hay institución subcultural que lo acepte y soporte. P.ej., la pederastia, el incesto, la violación, la bestialidad.

2) Ha extendido esa mirada sobre nuestra propia cultura. Al estudiar la cultura en la que vive, el antropólogo es el último en llegar (y no el primero, como Malinowski). Esto es lo que intenta, por ejemplo, Marvin Harris –vid. especialmente los capítulos 5 y 6- en La cultura norteamericana contemporánea: interpretar correctamente la sociedad, buscar su sentido.
Efigenio Amezúa dedicó su jornada a exponer un cuadro de claves para la intervención en sexología contraponiendo a la lista de problemas antiguos sus correspondientes claves modernas.
Frente a la masturbación, la regulación a-conceptiva; frente a los invertidos sexuales y la dicotomía normal/anormal, las identidades sexuadas y las diferenciaciones; frente a la lista de aberraciones sexuales, las relaciones sexuadas; frente al control y contención, el nuevo ars amandi; frente a la confusión entre pareja y matrimonio, la idea de pareja; frente a la inexorabilidad de la naturaleza, la clave de la historia y la biografía.
En fin, estas segundas opciones son claves para un planteamiento moderno del sexo (vid. La modernización del sexo de Paul Robinson) desde una perspectiva histórica, recogiendo las aportaciones de la primera, segunda y tercera generación de sexólogos, con especial hincapié en Havelock Ellis, Kinsey, y Masters y Johnson.




