Todos los periódicos han recogido la noticia: el presidente de una federación participó en una orgía con cinco prostitutas. Como parte de la fiesta, hubo juego de roles BDSM, algunos de ellos de temática nazi. Piden su dimisión por considerar este comportamiento indigno e incompatible con su cargo. Además, mencionan el parentesco nazi de su padre como agravante. Sobre esto último debo de andar muy despistado porque no creía que los hijos fuesen responsables de la ideología paterna.
Pero vamos al meollo: en sus ratos libres, en el disfrute de su erótica, un señor se monta una orgía, paga a unas prostitutas y juegan a buenos y malos. ¡¡¿Y?!! ¿A quién le importa esto?
¿Hay eróticas dignas e indignas? ¿Ahora hay que ponerse lúbrico sólo con lo políticamente correcto? ¿Acaso los deseos siguen normas sociales? ¿La intromisión en la vida privada no es un rasgo de los fascismos? ¿Sólo son fiables las personas que se acuestan con su esposa en la postura del misionero? ¿Desde cuándo juzgamos la adecuación al trabajo por los deseos eróticos?
No es un caso único. El linchamiento mediático que acompaña cualquier revelación sobre la vida erótica de los personajes públicos (especialmente si se trata de sadomasoquismo) revela el puritanismo que todavía tiñe las actitudes de muchos.




