[Texto publicado en el Boletín de Información Sexológica nº 67 de la Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología (AEPS)]
Desde hace años, algunos tenemos la sospecha de que determinados estudios que se publican en revistas científicas son pura propaganda al servicio de las farmacéuticas. Moynihan ha escrito un libro (Ray Moynihan y Barbara Mintzes, Sex, lies, and pharmaceuticals: How drug companies plan to profit from female sexual dysfunction, Greystone Books, 2010) documentando con claridad, rigor y ponderación esta intuición, centrándose en la construcción y venta de la disfunción sexual femenina.
Empecemos por una cifra vergonzosa: 43%. Ese porcentaje indica la prevalencia de disfunciones sexuales femeninas en la población norteamericana. Al menos, según el artículo del prestigioso Journal of the American Medical Association titulado “Disfunciones sexuales en EE.UU: prevalencia y predictores” (Laumann EO, Paik A, Rosen RC. Sexual dysfunction in the United States: prevalence and predictors, JAMA,Vol. 281(6), 1999, pp. 537-44.). Dicha cifra hipercitada ha dado lugar a un malentendido: estamos ante una pandemia de disfunciones femeninas infradiagnosticadas.
Pongamos la lupa (pp. 44-67). Esa cifra procede de una encuesta que se realizó en 1992. A 1750 mujeres de entre 18 y 59 años escogidas por muestreo aleatorio se les preguntó si habían experimentado o no algunos de estos siete problemas: falta de deseo; dificultades de excitación (incluye las dificultades de lubricación); incapacidad de alcanzar el orgasmo; ansiedad sobre el desempeño erótico; orgasmo demasiado rápido; dolor durante la penetración; ausencia de placer en el coito. Si respondían afirmativamente a una de esas preguntas, eran incluidas en el grupo de las que tenían disfunciones sexuales. De ahí sale el dichoso 43%.
Dejemos de lado por un momento que son las propias mujeres las que se diagnostican la supuesta disfunción a partir de las preguntas del cuestionario, y vayamos al fondo de la cuestión: ¿haber experimentado en los últimos 12 meses alguno de los siete “problemas” antedichos es disfuncional? ¿No hay otras posibles explicaciones no patologizantes como el estrés, las diferencias individuales, los efectos secundarios de los medicamentos, el momento del ciclo menstrual, la edad, el desempeño amatorio de la pareja, el estado de su relación?
Las mujeres preguntadas, ¿experimentaban, por ejemplo, la ausencia de orgasmo como un problema genuino? Porque más allá de su vivencia, la encuesta así lo etiqueta en el cuestionario. De hecho, ¿es una disfunción no tener un orgasmo o tenerlo muy rápido? ¿Y sentir ansiedad por no estar a la altura de las expectativas? Supongo que esta conversión de dificultades comunes en disfunciones empieza a entenderse mejor cuando sabemos que dos de los tres autores del artículo del JAMA tenían estrechos lazos económicos con la farmacéutica Pfizer.
Decía antes que tendría que ser un profesional el que diagnosticase si hay efectivamente una disfunción. Si el profesional no es un sexólogo con un marco teórico comprensivo, sino más bien un médico o un psicólogo sin formación especializada, bien podrían echar mano del Female Sexual Function Index, un cuestionario de 19 ítems. Intentaré resumir las deliciosas aclaraciones de Moynihan (pp. 80-90.) Las preguntas de ese cuestionario fueron desarrolladas por investigadores vinculados económicamente con farmacéuticas, las preguntas relacionales o más complejas no pasaron de la etapa del borrador, y las cuestiones que finalmente se aprobaron son más bien de contenido fisiológico y mejorables con un tratamiento médico que vende precisamente la farmacéutica que patrocina a esos investigadores que desarrollan las escalas de medida.
Pongamos un ejemplo sencillo para que se vea más claro. La gente quiere ser feliz. ¿Lo es? Para medir la felicidad se desarrolla un medidor del brillo en la piel, y se afirma que la gente feliz tiene la piel brillante. Pero casualmente el teórico de que la felicidad y el brillo de la piel son equivalentes es… el mismo que vende un producto para que brille la piel. Ahora bien: ¿en cuánto reducimos la felicidad si la equiparamos con el brillo de la piel? Pues algo parecido sucede con la escala del Female Sexual Function Index.
¿Y cómo persuaden las farmacéuticas a los investigadores para que se dejen por el camino las variables sociales, interaccionales, simbólicas, y se centren especialmente en las susceptibles de modificación química? Patrocinando decenas de miles de eventos educativos (léase: propagandísticos) al año, y pagando cifras de cuatro números por cada charla educativa (p. 97). Así consiguen que los “líderes de opinión” o especialistas destacados creen una corriente de opinión favorable a las tesis y productos de las farmacéuticas. Merece la pena destacar algunos nombres que aparecen repetidamente en este pasteleo: Irwin Goldstein, Ray Rosen, Anita Clayton; Pfizer y Boehringer Ingelheim; y la endogámica revista Journal of Sexual Medicine (dirigida por Goldstein).
Por lo mismo, cabe subrayar el de algunas estudiosas que han denunciado los reduccionismos biologicistas y han hecho propuestas más matizadas y complejas: Rosemary Basson, Lori Brotto y la imprescindible Leonore Tiefer.
Especial interés tiene el detalle con que Moynihan describe cómo las farmacéuticas han utilizado espuriamente los mecanismos de legitimación científica para hacer pasar por estudios sólidos al servicio del bienestar social lo que no son sino chapuzas metodológicas con la intención de forrarse a costa de medicar a gente sana.
El mecanismo ha quedado al descubierto: se seleccionan muestras especiales, se formulan preguntas que presuponen la respuesta, se retuercen las estadísticas, se paga a investigadores de renombre, se publica en la revista adecuada, se divulga hasta la saciedad y a esperar que los atribulados usuarios pasen por consulta para que les diagnostiquen esa nueva pero extendidísima enfermedad que, por supuesto, cuenta con un medicamento para tratarla ¿de por vida?
En fin, lectura sumamente recomendada para evitar que nos den gato perennemente disfuncional por liebre con dificultades temporales.
MATERIAL AUDIOVISUAL
Orgasmo, S.A. (2009) Directora: Elizabeth Canner. First Run Features.
Pharma Sutra (2008) Directores: Christopher Sumpton, Robin Benger, Marion Gruner. Cogent/Benger Productions Inc.
La noche temática, el oasis documental de la televisión pública, cumple su misión al proyectar un documental que ofrece una visión crítica sobre la creación de disfunciones sexuales de la mujer y cómo las grandes compañías farmacéuticas y las campañas de mercadotecnia tratan de abrir un mercado multimillonario lanzando productos que no cumplen los mínimos estándares de rigor y eficacia. Cubre el mismo terreno que Sex, lies and pharmaceuticals de Moynihan y Mintzes, solo que con imágenes y en español. ¿Se puede pedir más? Sí, que las compañías farmacéuticas no estén involucradas en la definición de enfermedades que luego pretenden “curar” con sus medicamentos. Más sobre pirómanos metidos a bomberos en Orgasmo, S. A.
Publicado un año antes y apenas sin difusión, Pharma Sutra se ve como una versión un punto más tosca que Orgasmo, S.A. Con todo, expone con nitidez uno de los argumentos que más vamos a oír en el futuro: si la gente quiere tomarse una pastilla para mejorar su vida erótica, debemos dejarles la libertad de elegir; no se obliga a nadie a tomarla. Semejante retórica de tintes neoliberales no puede ocultar la manipulación contextual que limita severamente una decisión informada y libre. Las compañías farmacéuticas no ponen simplemente un producto en el mercado e informan de sus características; no: deliberadamente desinforman acerca de sus características, exagerando sus beneficios y minimizando los efectos secundarios, y manipulan la percepción de la propia situación haciendo creer que su producto es necesario para estar sano. Porque todos estamos enfermos. O podríamos estar mejor. Son los fármacos que mejoran la calidad de vida (lifestyle drugs). Como diría el Blasillo de Forges: “Y si cuela, cuela”.
Juan Lejárraga
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Es prácticamente de dominio público el hecho que las grandes compañías farmacéuticas tengan por medio de los “hechos científicamente comprobados” aseguradas sus ventas y peor aún, el incremento de dichos “remedios”. Lo peor del caso es que ni siquiera se limita al ámbito de la sexualidad ( y su desempeño) pero va a cosas como crema hidratantes, en fin medicamentos que te hacen dependiente de ellos. Es impresionante como la ambición pone en juego la ética.
Chris, ya me gustaría, ay, que fuese casi de dominio público a qué se dedican en realidad las farmacéuticas. Y desde luego que su intervención no es privativa del ámbito de la sexualidad. El anterior libro de Moynihan, que sí está traducido al español, “Medicamentos que nos enferman e industrias farmacéuticas que nos convierten en pacientes” abordaba otros tantos ámbitos. Para la mayoría de empresas, la lógica del mercado excluye las consideraciones éticas.