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Posts Tagged ‘John Money’

[Artículo publicado en el boletín de enero 2010 de la librería de sexología Primera Vocal]

Esperando la traducción de…

Puestos a pedir, me gustaría ver una colección de libros clásicos de sexología que tradujese ordenadamente un mínimo canon de autores indiscutibles: Bloch, Ellis, Hirschfeld, Moll… Gran parte de su obra nunca ha sido traducida al español (es clamoroso el caso de Hirschfeld) o se halla descatalogada desde hace casi un siglo, como sucede con Ellis, que vio pronta traducción al español de su obra capital, los siete volúmenes de Estudios de psicología sexual. Si no las obras completas, tal vez sea factible una antología generosa de cada autor encabezada por una sólida introducción, a la manera de la “Biblioteca de grandes pensadores” con que la editorial Gredos se ha propuesto dar a conocer el canon filosófico.

Dada la dispersión editorial, el oportunismo y el descuido generalizado con que se realiza la política de traducciones en el mundo editorial español, no pediré peras al olmo. Me contento entonces con señalar algunos libros cuya presencia vendría a cubrir algunas de las múltiples lagunas existentes en el ámbito sexológico.

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dsmvDesde hace 10 años se viene trabajando en la quinta versión del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) de la Asociación Psiquiátrica de los Estados Unidos (APA). A medida que se acerca la fecha de publicación del DSM-V (mayo de 2013), crece el runrún acerca de qué se quitará y qué se añadirá. Con el propósito de aumentar la transparencia acerca del proceso por el que se llega a conclusiones, se han ido publicando algunas deliberaciones de los grupos de trabajo. Aquí me referiré solo a dos artículos de Martin Kafka recién publicados en la versión en línea de Archives of sexual behavior sobre los fetichismos y las parafilias no especificadas.

Antes de patinar sobre el blablabla, conviene prestar atención a un par de detalles gordos: que al hablar de parafilias, en el contexto del DSM, estamos hablando de trastornos mentales y que esto lo promueven los psiquiatras. Ya, ya: inventada por Friedrich S. Krauss (1859 -1938) para sustituir la de perversión, la palabra parafilia fue apadrinada por el sexólogo John Money (1977); pero, entre todo lo bueno que escribió, ¿hay que resucitar lo peor suyo (el tufillo patologizante, junto con el jaleo del género y el sexo)? Además, luego la palabra cobró otros derroteros descontextualizada de la obra de Money.

Por tanto, ojito. Si las peculiaridades eróticas son patrimonio de todos -cada cual las suyas-, ¿tiene sentido considerarlas trastornos mentales? Pues esto es lo que hacen muchos “profesionales de la sexología” abducidos por la terminología psiquiátrica y sus ansias patologizadoras. De rebote, esto es lo que repiten muchos usuarios cuando al consultar sus dudas dicen que tienen una parafilia porque les excitan especialmente los pies, o las camisetas mojadas. ¿De veras se están etiquetando de trastornados mentales? ¿Y encima les seguimos el juego?

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setoLeo que El Vaticano afirma que los curas no son pedófilos, sino efebófilos. Lo primero que me gustaría es agradecerles el revuelo que sin duda causarán esas declaraciones de tinte exculpatorio porque ayudarán a introducir al menos un matiz en el discurso público sobre la pedofilia. Acostumbrados al histerismo mediático que considera la pedofilia equivalente al abuso, y éste subsumible a cualquier contacto erótico de un adulto con un menor de 18 años, bienvenidos sean los matices.

Por ejemplo, no está de más recordar que el concepto de pedofilia -la atracción por niños prepuberales, 4-11 años- fue acuñado por el psiquiatra Krafft-Ebing en 1896 (Oosterhuis, 2000); que el concepto de efebofilia probablemente sea una creación del sexólogo Magnus Hirschfeld en torno a 1920 (no es, por supuesto, un invento reciente del clero); y que existe otro término más, nepiofilia, acuñado por el también sexólogo John Money (1984) para referirse a la infrecuente atracción por bebés de entre 0 y 3 años. Posteriormente a Hirschfeld, se ha introducido otro término que parcela todavía más las edades y distingue entre hebefilia (atracción por púberes recientes, 12-14 años) y efebofilia (atracción por adolescentes tardíos, 15-19 años). Para completar el arco, se habla también de teleiofilia (atracción por personas adultas) y gerontofilia (Blanchard, 2003).

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cuerdasLa muerte de David Carradine en Tailandia por autoasfixia erótica este verano volvió a sacar a la luz esta práctica erótica para caer rápidamente en el olvido. El patrón se produce de vez en cuando. Un diputado británico, un cantante, alguien famoso, en fin, es encontrado muerto en extrañas circunstancias, que al principio intentan ocultarse. Después se van conociendo otros detalles y al final, entre bromas y patologizaciones, se acaba concluyendo que la asfixia erótica es muy peligrosa y que la gente que la practica está un poco mal de la cabeza.

Sobre esta cuestión me gustaría hacer dos comentarios: uno metodológico y otro sexológico. El metodológico pone en cuestión la extrema peligrosidad de la asfixia erótica. Según los datos más fiables (Sauvageau, 2006), se producen unas 500-1000 muertes al año en Estados Unidos, que tiene una población de 300 millones de habitantes . Es decir, entre 2-3 muertes diarias. Comparado con otras cifras de muertos accidentales parecen bastante bajas. Hasta los muertos por ahogamiento son mayores. De hecho, Carradine murió con 72 años, y que sepamos las peculiaridades eróticas se descubren y empiezan a disfrutar desde muy temprano (adolescencia o primera juventud). Lo que quiere decir que Carradine debía de llevar unos 60 años disfrutando de la autoasfixia erótica de manera segura. (También puede ser que fuera excepcionalmente precavido y un caso no representativo.).

Lo cierto es que carecemos de datos del número de practicantes y su frecuencia para poder estimar la peligrosidad real de la asfixia erótica. Por eso me sorprende que se afirme tan a la ligera que es una práctica muy peligrosa y para contextualizar mínimamente los datos sugiero simplemente ponerlos en relación con otras muertes accidentales . Dado que las estadísticas sobre la asfixia erótica no son completas, solo puedo resaltar las dudas que me surgen al ver la utilización interesada de los escasos datos disponibles (por lo demás, casi siempre de procedencia forense).

El segundo aspecto que me interesa es el enfoque sexológico (o su ausencia) al abordar este asunto.

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El lema del nuevo EL PAÍS es “querer comprender”. Me pregunto si el blog de sexo de Eva Roy cumple ese objetivo. De entrada, llama la atención esa reducción colosal que supone equiparar el sexo con el cine porno, contenido sobre el que tratan la mayoría de las anotaciones. Ahondando, leo (y no es irónico) que un famoso actor porno es “un verdadero visionario y un filósofo”. A esto hemos llegado: ni Bataille, ni Masters y Johnson, ni John Money… ¡Nacho Vidal! ¿Hay que abordar la pornografización de la sexualidad de un modo tan acrítico y promocional? Como sexólogo, acepto que hay otros estudiosos de este campo… pero no todos son actores porno. El PAIS lo sabía cuando publicó en los noventa su muy estimable “Libro de la sexualidad”, coordinado por Elena Ochoa y Carmelo Vázquez. Realmente ¿se quieren comprender las complejidades del sexo o solo interesa captar lectores jóvenes con su versión pornográfica?

(Carta enviada al director de EL PAÍS el 21/10/2007)

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[Texto publicado en el Boletín de Información Sexológica nº 52 de la Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología (AEPS)]

Sexología e Internet

La expansión de Internet ha modificado la Sexología acortando tiempos, abaratando costes y descentralizando la información. El saber ya no se encuentra en una cara enciclopedia cuya consulta habría requerido antes un engorroso acercamiento a la biblioteca más cercana con la esperanza de dar con ella. A veces tampoco es preciso pedir cita con un profesional, desplazarse a consulta y pagarle. Muchos de estos trámites ahora pueden solventarse por Internet.

El anonimato que procura la red ha favorecido la proliferación de consultorios o asesorías sexológicas que permiten plantear las cuestiones más delicadas sin tener que dar a conocer la identidad, y en general de manera gratuita.

Las ventajas de Internet son múltiples: información actualizada, mayor acceso a contenidos antaño ocultos o sepultados en revistas especializadas, mayor rapidez para solucionar dudas puntuales, posibilidad de leer obras de difícil localización (por ejemplo, casi toda la obra sexológica de Havelock Ellis está en bibliotecas digitales como la del Proyecto Gutenberg).

A pesar de que muchas universidades todavía no permiten acceder a la información científica que poseen, la tendencia en el resto de instituciones, organizaciones, fundaciones privadas, etc., es la contraria: abrirse a la libre circulación del conocimiento (Haeberle, 2004). Con la posibilidad de acudir a otras fuentes de información en Internet, el dilema es ganar dinero o perder capacidad de influencia.

Como contrapunto a su facilidad de acceso, conviene subrayar que la información disponible en la red no siempre goza de los criterios de rigor tradicionales del mundo editorial, por lo que no cabe descartar el recurso a las fuentes clásicas de documentación especializada (Carpintero y López, 1994). De hecho, librerías virtuales como Amazon o Iberlibro, y Google Books, el buscador de libros de Google, son una muestra de la perfecta convivencia entre los libros y lo digital: permiten hojear algunas páginas del contenido, conocer obras relacionadas y volver a poner en circulación libros descatalogados condenados al olvido en remotas librerías de segunda mano.

La búsqueda de información sexológica por Internet se enfrenta a dos escollos: la dispersión y la morralla. La dispersión se debe a la ausencia de una base de datos que incluya toda la bibliografía relacionada con la Sexología. Una pesquisa bibliográfica sobre cualquier asunto obligaría a revisar bases de datos especializadas en distintas disciplinas (Biología, Psicología, Educación, Sociología, Criminología…). La morralla es la cantidad de resultados inútiles o pornográficos que arroja cualquier buscador no especializado al introducir términos relacionados con el sexo. Una dificultad añadida, especialmente si se trabaja desde bibliotecas públicas, es la existencia de filtros que bloquean el acceso a páginas consideradas pornográficas o que contienen palabras clave incluidas en una lista negra. De ahí la importancia de encontrar descriptores válidos para las búsquedas en Internet. Por ejemplo, funciona mejor “sexualidad” que “sexo” (Alonso-Arbiol, 2005).

La Sexología no puede mantenerse al margen de nuevas realidades emergentes como la cibersexualidad, las relaciones virtuales, la polémica adicción a la pornografía y el efecto de Internet sobre la gente con peculiaridades eróticas (Zolbrod, 2004). Se abren áreas de investigación que demandan una perspectiva sexológica más comprensiva que la mirada patologizante, siempre dispuesta a ver los peligros del sexo en vez de sus oportunidades de felicidad (Ullerstam, 1967).

Otra de las ventajas de Internet es que las personas cuyas peculiaridades sexuales han sido estigmatizadas se agrupan en foros o listas de discusión a modo de comunidades donde compartir experiencias y reivindicar su identidad, lo que facilita su estudio en muestras no clínicas. Este aspecto no ha sido aprovechado lo suficiente, a pesar de que el uso de anuncios en estos foros para colaborar en investigaciones ya ha dado algunos frutos en temas marcados todavía por el tabú o las descalificaciones morales (p. ej., la zoofilia; véase Williams y Weinberg, 2003).

Dadas las características oceánicas de Internet no habría sido difícil hacer acopio de un centenar de páginas web, institucionales o de otro tipo, relacionadas con la Sexología. Nos ha parecido más práctico, sin embargo, espigar dos decenas especialmente útiles para el profesional de la Sexología que busca recursos fiables donde contrastar datos, ampliar conocimientos o investigar.

Otra posibilidad, descartada por razones de espacio, hubiera sido realizar un acercamiento temático a cuestiones más especializadas. Para compensarlo, ofrecemos dos direcciones donde encontrar un festín de enlaces.1

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Tras un año agotador por el trabajo y la formación de posgrado en recursos humanos pro pane lucrando, avizoré un verano libérrimo, consagrado por fin a la lectura sexológica: Masters y Johnson sobre todo, pero también picoteos en Brecher, Money y el inabarcable Havelock Ellis. Quedó pendiente, entre tantas opciones, un proyecto de relectura de Julián Marías. Empecé a leerle hará unos doce años (al alimón con Laín Entralgo) y tuvo un efecto balsámico de orientación existencial en tiempos recios. Lo traigo a colación porque veo que muchas de las cosas que apuntaba se retoman en el máster y me gustaría repensar sus propuestas. (Qué atrevimiento el suyo, frente al bobo igualitarismo, dedicar un capítulo a la felicidad masculina y otro a la femenina.)

Un poco antes, por seguir con la clave biográfica, mientras estudiaba el COU en Estados Unidos, leí con avidez Men are from Mars, women are from Venus de John Gray. Zambullido en una relación incomprensible con una francesa, y enamorado al tiempo de otra chica que no me hacía mucho caso, encontré en la sencillez americanota de Martes y Venus multitud de claves que no solo me facilitaron el trato con el otro sexo sino que me permitieron entenderme mejor. Una lectura interesada me llevó a ver, más que compartimentos estancos, formas distintas de acercarse a la realidad. Digo interesada porque detecté varios patrones femeninos en mí, entremezclados con otros característicamente masculinos. No me importaba si tenía más de uno u otro tipo. Lo esencial era haber descubierto que existían básicamente esos dos modos, y cada cual tenía su peculiar mezcla (eso que Hirschfeld llamaba intersexualidad, aunque por entonces no lo sabía).

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