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dsmvDesde hace 10 años se viene trabajando en la quinta versión del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) de la Asociación Psiquiátrica de los Estados Unidos (APA). A medida que se acerca la fecha de publicación del DSM-V (mayo de 2012), crece el runrún acerca de qué se quitará y qué se añadirá. Con el propósito de aumentar la transparencia acerca del proceso por el que se llega a conclusiones, se han ido publicando algunas deliberaciones de los grupos de trabajo. Aquí me referiré solo a dos artículos de Martin Kafka recién publicados en la versión en línea de Archives of sexual behavior sobre los fetichismos y las parafilias no especificadas.

Antes de patinar sobre el blablabla, conviene prestar atención a un par de detalles gordos: que al hablar de parafilias, en el contexto del DSM, estamos hablando de trastornos mentales y que esto lo promueven los psiquiatras. Ya, ya: la palabra parafilia se la inventó el sexólogo John Money (1977) para sustituir la de perversión; pero, entre todo lo bueno que escribió, ¿hay que resucitar lo peor suyo (el tufillo patologizante, junto con el jaleo del género y el sexo)? Además, luego la palabra cobró otros derroteros descontextualizada de la obra de Money.

Por tanto, ojito. Si las peculiaridades eróticas son patrimonio de todos -cada cual las suyas-, ¿tiene sentido considerarlas trastornos mentales? Pues esto es lo que hacen muchos “profesionales de la sexología” abducidos por la terminología psiquiátrica y sus ansias patologizadoras. De rebote, esto es lo que repiten muchos usuarios cuando al consultar sus dudas dicen que tienen una parafilia porque les excitan especialmente los pies, o las camisetas mojadas. ¿De veras se están etiquetando de trastornados mentales? ¿Y encima les seguimos el juego?

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Efebofilia

setoLeo que El Vaticano afirma que los curas no son pedófilos, sino efebófilos. Lo primero que me gustaría es agradecerles el revuelo que sin duda causarán esas declaraciones de tinte exculpatorio porque ayudarán a introducir al menos un matiz en el discurso público sobre la pedofilia. Acostumbrados al histerismo mediático que considera la pedofilia equivalente al abuso, y éste subsumible a cualquier contacto erótico de un adulto con un menor de 18 años, bienvenidos sean los matices.

Por ejemplo, no está de más recordar que el concepto de pedofilia -la atracción por niños prepuberales, 4-11 años- fue acuñado por el psiquiatra Krafft-Ebing en 1896 (Oosterhuis, 2000); que el concepto de efebofilia probablemente sea una creación del sexólogo Magnus Hirschfeld en torno a 1920 (no es, por supuesto, un invento reciente del clero); y que existe otro término más, nepiofilia, acuñado por el también sexólogo John Money (1984) para referirse a la infrecuente atracción por bebés de entre 0 y 3 años. Posteriormente a Hirschfeld, se ha introducido otro término que parcela todavía más las edades y distingue entre hebefilia (atracción por púberes recientes, 12-14 años) y efebofilia (atracción por adolescentes tardíos, 15-19 años). Para completar el arco, se habla también de teleiofilia (atracción por personas adultas) y gerontofilia (Blanchard, 2003).

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cuerdasLa muerte de David Carradine en Tailandia por autoasfixia erótica este verano volvió a sacar a la luz esta práctica erótica para caer rápidamente en el olvido. El patrón se produce de vez en cuando. Un diputado británico, un cantante, alguien famoso, en fin, es encontrado muerto en extrañas circunstancias, que al principio intentan ocultarse. Después se van conociendo otros detalles y al final, entre bromas y patologizaciones, se acaba concluyendo que la asfixia erótica es muy peligrosa y que la gente que la practica está un poco mal de la cabeza.

Sobre esta cuestión me gustaría hacer dos comentarios: uno metodológico y otro sexológico. El metodológico pone en cuestión la extrema peligrosidad de la asfixia erótica. Según los datos más fiables (Sauvageau, 2006), se producen unas 500-1000 muertes al año en Estados Unidos, que tiene una población de 300 millones de habitantes . Es decir, entre 2-3 muertes diarias. Comparado con otras cifras de muertos accidentales parecen bastante bajas. Hasta los muertos por ahogamiento son mayores. De hecho, Carradine murió con 72 años, y que sepamos las peculiaridades eróticas se descubren y empiezan a disfrutar desde muy temprano (adolescencia o primera juventud). Lo que quiere decir que Carradine debía de llevar unos 60 años disfrutando de la autoasfixia erótica de manera segura. (También puede ser que fuera excepcionalmente precavido y un caso no representativo.).

Lo cierto es que carecemos de datos del número de practicantes y su frecuencia para poder estimar la peligrosidad real de la asfixia erótica. Por eso me sorprende que se afirme tan a la ligera que es una práctica muy peligrosa y para contextualizar mínimamente los datos sugiero simplemente ponerlos en relación con otras muertes accidentales . Dado que las estadísticas sobre la asfixia erótica no son completas, solo puedo resaltar las dudas que me surgen al ver la utilización interesada de los escasos datos disponibles (por lo demás, casi siempre de procedencia forense).

El segundo aspecto que me interesa es el enfoque sexológico (o su ausencia) al abordar este asunto.

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La impotencia de Viagra

ViagraSwitchUn interesante editorial de la revista Sexual and Relationship Therapy pone el dedo en la llaga. Si en el periodo de 1998 a 2004 se han prescrito 123 millones de recetas de Viagra (citrato de sildenafilo), importa subrayar que la mitad de las prescripciones no se han renovado. Otro dato: el 70% de los hombres con dificultades de erección no buscan ayuda.

¿Qué podemos sacar de aquí? Para empezar, que en un encuentro erótico la erección no es la varita mágica que todo lo soluciona. Especialmente, en las relaciones estables.

¿Y qué más? La imagen que devuelve la publicidad a los varones es que siempre tienen que estar preparados para tener una erección. Ésta se considera condición sine qua non para que haya encuentro amatorio.

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Referencias periodísticas

leyendo_periódicoNo voy a entrar ahora en el tratamiento mediático del sexo (superficial, patologizador, siempre resaltando peligros, etc.) y su incapacidad para presentar una visión compleja, matizada, positiva.

Lo que me ha llamado la atención es una referencia aparecida en un reciente reportaje, 93 millones de formas de practicar el sexo. Escribe la periodista: “En un estudio que se considera referencia en la materia, Cybersex: The dark side of the force (Cibersexo: el lado oscuro de la fuerza) [...]”.

Evidentemente, la periodista no conocía ese libro de antemano sino que lo cita porque alguno de sus “expertos” consultados se lo ha mencionado con admiración. Sin embargo, resulta que no es un estudio sino una recopilación de estudios publicados con anterioridad en la revista Sexual Addiction & Compulsivity (uno de cuyos editores es el científicamente inaceptable Patrick Carnes).

¿Y qué dice sobre este libro el Journal of sex research, una de las revistas más prestigiosas en el campo de la sexología? Pues que es un resumen de las últimas investigaciones que será de utilidad para quien desconozca el área del cibersexo, pero que los clínicos especializados

probablemente no encontrarán lo que buscan en este texto básico y, a veces, simplista.

¿Referencia en la materia? ¿Expertos? Esto es lo que pulula por los periódicos: lo básico y simplista.

El sexo verdadero de Semenya

Caster-SemenyaSi algo hemos aprendido de los transexuales y los intersexuales, es que el sexo, esto es, el ser hombre o mujer, no es algo que unos expertos pueden averiguar mirando los cromosomas, las hormonas, las gónadas, los genitales… a pesar de que haya mucho despistado. Sólo Caster Semenya sabe si se siente mujer o no. Y, que sepamos, lleva 18 años sientiéndose mujer, viviendo como mujer, siendo mujer. ¿O es que ahora va a venir alguien con bata blanca a decirle que en realidad es un hombre? Por favor…

De la confusión acerca del concepto de sexo son muestra las declaraciones de la propia Semenya, que se ofrece a mostrar su sexo (se refiere a los genitales) a quien dude de su condición de mujer. Si la presencia de genitales fuera el criterio -¡no lo es!- que marca el ser hombre o mujer, se lo estaríamos poniendo difícil a la cantante Lady Gaga, a quien en un descuido durante un concierto reciente se le vio un pene asomando por la entrepierna. Con esta naturalidad y sencillez explicaba ella la diferencia entre el sexo y los genitales:

No es algo de lo que me tenga que avergonzar, simplemente es algo que no voy contando a todo el mundo por ahí. Sí, tengo ambos genitales, los masculinos y los femeninos, pero yo me considero sólo mujer. Se trata simplemente de un pequeño pene que en realidad no interfiere en mi vida cotidiana para nada. Si no he hablado de ello hasta ahora es porque no es un asunto importante para mí.

Más claro, agua.

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La muy recomendable lista de discusión sobre historia de la sexualidad H-Histsex dedica un hilo reciente a recomendar libros que presentan una panorámica de la historia de la sexualidad en Europa y Estados Unidos en el siglo XX. Recojo aquí los que me parecen más interesantes y añado un par de mi cosecha.
02092009169

Vern L. Bullough, Science in the Bedroom: A History of Sex  Research. (Basic Books, New York, 1994)

Angus McLaren.Twentieth Century Sex: A History . (Oxford: Blackwell Publishers,  1999 )

H. G. Cocks and Matt Houlbrook, eds. Palgrave Advances in the Modern History of Sexuality. (Basingstoke: Palgrave, 2005 )


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www.sexologiaenincisex.com
Boletín Periódico – Junio de 2009

El papel de la familia en la educación sexual de los adolescentes
sexología, educación sexual, adolescentes
De la importancia de lo que vamos transmitiendo sobre este y otros temas. Por Samuel Díez Arrese
Los placeres de los demás
A propósito del libro “Los placeres de Lola” por Juan Lejárraga
De personal sanitario y sexología
sexologia, clínica sexologia
o de como mirar para ver lo importante . Por Natividad Fidalgo Rodriguez
(Si quieres suscribirte al boletín gratuito de Incisex, pincha aquí.)

[Texto publicado en el Boletín de Información Sexológica nº 60 de la Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología (AEPS)]

intersexLa intersexualidad se ha puesto de moda y es difícil no encontrarla allá donde uno mire. En películas comerciales como XXY, de Lucía Puenzo (2007), o en meritorios documentales como Tintenfischalarm de Scharang (2006); en libros como Transexualidad, intersexualidad y dualidad de género (Bellaterra, 2008) de J.A. Nieto o en números especiales de revistas académicas como GLQ (Vol. 15, n. 2, 2009). Incluso una catedrática de retórica y literatura comparada como Butler le dedicó abundantes páginas al asunto (Undoing gender, 2004)…

Quizá convenga señalar primero que bajo la etiqueta de “intersexual” se agrupa una serie de fenómenos (hiperplasia suprarrenal congénita, síndrome de insensibilidad a los andrógenos, disgenesia gonadal, hipospadias, síndrome de Turner, síndrome de Klinefelter, deficiencia de 5-alfa reductasa) de características variables. Para ampliar, pueden leerse las Jornadas sobre estados intersexuales e hipogonadismo de la Sociedad Española de Endocrinología Pediátrica (2001).

Desde los años 90 para acá, es cierto, una serie de autoras había empezado a abordar esta cuestión desde una perspectiva crítica y generalmente feminista (Kessler, Fausto-Sterling, Dreger, Preves), a rebufo del activismo político de la Sociedad de Intersexuales Norteamericana (ISNA) personificado en Cheryl Chase. Por resumir una historia algo más intrincada, la ISNA pedía que los bebés intersexuales o con genitales ambiguos no fuesen operados para ajustarse al supuesto estándar de normalidad genital masculina o femenina. Sin rechazar que el bebé fuese asignado a un sexo u otro, se trataba de romper el velo de secretismo y vergüenza que rodeaba las decisiones médicas conducentes a la cirugía de reasignación sexual. Se postulaba el paso de un modelo basado en la ocultación a otro centrado en los intereses del intersexual (1).

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[Texto publicado en el Boletín de Información Sexológica nº 60 de la Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología (AEPS)]

Apuntes sobre la tercera edición de “La sexualidad humana y sus problemas” (Bancroft, 2009)

26 años años después de la primera edición (y 20 de la segunda), John Bancroft ha publicado la tercera versión de La sexualidad humana y sus problemas (2009, Elsevier). Psiquiatra de formación, fue director del Instituto Kinsey (1995-2004) y miembro fundador del Annual Review of Sex Research. Con más de 200 artículos publicados, es uno de los sexólogos más respetados. No he conseguido averiguar cuándo nació, pero si se licenció en 1960 debe de tener setenta y tantos años, 50 de los cuáles los ha dedicado a estudiar el sexo. Por todo ello, tenía curiosidad por leer esta nueva edición del clásico Human sexuality and its problems, en lo que me figuro es su testamento intelectual.

El primer equívoco que conviene disipar es la impresión de estar ante un manualito universitario al uso, de esos que se escriben para salir del paso o con intención pecuniaria merced al mercado cautivo de alumnos. Nada más lejos. Lo que Bancroft acaba de publicar está más bien dirigido a académicos y clínicos. Son 540 páginas de papel satinado, sin apenas dibujos o fotos (ninguna en color), con cientos de referencias bibliográficas al final de cada capítulo, que diferencian este impresionante volumen -por tamaño y rigor- de otros manuales que hay en el mercado. Esto es un tocho ultraacadémico, donde a cada afirmación o dato le suele seguir una referencia (y se agradece, cuando tan a menudo se habla a la ligera). Bancroft escribe como un investigador al que no le importa reconocer a cada tanto que sobre éste o aquél asunto sabemos poco, mientras apunta posibles líneas de investigación y discute en detalle lo que hasta la fecha se conoce. A pesar del sesgo psicofisiológico en detrimento del histórico-sociológico, es una joya para el que quiera tener una visión de conjunto sobre casi cualquier tema, o busque referencias a partir de las cuales ahondar.

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